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Aquí no queda ni dios

13th December 2016

Bajo los escombros de Salaverna -un pequeño pueblo minero enclavado en el semidesierto mexicano-, se expande y hierve cada segundo una gran ciudad subterránea de kilómetro y medio de profundidad, entre polvos de roca por el uso permanente de explosivos que persiguen ricas vetas serpenteantes de plata, zinc, plomo, cobre y oro, propiedad del millonario mexicano Carlos Slim Helú. Ha sido una lucha a muerte contra Slim. El magnate desplazó a casi 90 familias hacia una improvisada unidad habitacional de pequeñas y mal construidas casas a la que bautizaron como Nuevo Salaverna.

Foto Portada

Muchos de ellos se sienten engañados, amenazados y temerosos por posibles represalias en empleo y marginación. La intención de la Minera Tayahua-Frisco, propiedad de Slim Helú, es comenzar la explotación a cielo abierto precisamente en el pueblo de Salaverna y, por eso, el hombre más rico de México quiere desaparecer del mapa al pueblo de Salaverna.

Después de cuatro años casi lo logra: la iglesia está por caerse, las oficinas del delegado municipal han sido abandonadas, la escuela y el kinder se cerraron, la clínica del IMSS ya no funciona, decenas de viviendas se destruyeron, el ayuntamiento retiró el alumbrado público, no hay abasto de víveres, enormes hundimientos han colapsado este pueblo por las constantes explosiones de la mina subterránea, Google ya lo borró del mapa. Prácticamente es un pueblo fantasma si no fuera por la presencia de las 19 familias que decidieron enfrentar al “poderoso” Carlos Slim y no aceptar sus condiciones de reubicación que consideran denigrantes.

La mina se extiende en una intrincada red de túneles construidos en más de 35 niveles que cubren una zona superior a siete kilómetros de diámetro; un monstruo del subterráneo que ahora busca salir a flote para comenzar la explotación a cielo abierto porque hay ricas vetas de oro, plata y cobre, pero los ingenieros mineros de Slim se han topado con 19 aguerridas familias, quienes les han frenado sus planes de expansión, porque no están dispuestas a moverse un centímetro de su pueblo por una simple razón: “es nuestra tierra, nuestra raíz, nuestra tranquilidad y nuestra cultura”.

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La entrada de la mina se localiza a siete kilómetros en línea recta de Salaverna; es decir, los aproximadamente mil o dos mil obreros que laboran en sus túneles entran desde el pueblo de La Estación Providencia, ubicado hacia el norte, por un socavón de cinco metros de ancho por cuatro de altura, mientras que el regreso es por otro túnel de cinco metros por cinco metros; ambos tienen una longitud de siete kilómetros y son una muestra de la alta ingeniería con que ha sido construida esta gigantesca excavación, cuentan quienes han laborado en este lugar.

Difícil asimilar las dimensiones de esta excavación si no es que el jadeante minero Roberto Pérez, con las huellas del exceso de sudor mezclado con polvos minerales en la cara, el pecho y el cuello, después de una jornada laboral de diez horas bajo temperaturas extremas, lo explica con una frase: “Necesitas más de un mes para recorrer completita la mina de Slim”.

La minera Frisco-Tayahua es subsidiaria del Grupo Carso. La empresa Tayahua comenzó sus operaciones en esta zona en 1972, pero en 1997 Frisco (de Carlos Slim) adquirió 51 por ciento de las acciones y en mayo de 2011 minera Frisco incrementó 90.2% su participación. En 2010 comenzaron los trámites para la explotación a cielo abierto donde está Salaverna. El proyecto a cielo abierto, explica Federico Guzmán López, especialista en megaproyectos mineros y estudioso del caso, tendría una producción diaria de 5 mil 500 toneladas de plomo, cobre, zinc, plata y oro; es decir, una extracción bruta cada 24 horas de 15 mil 500 toneladas de molienda diaria de mineral.

“Enfrentar a uno de los hombres más poderosos del mundo es una misión en la que morimos todos los días, porque sin escuelas nuestros recorridos ascienden a más de 14 kilómetros para llevar a nuestros hijos a estudiar, con detonaciones constantes día y noche, con nuestras familias fracturadas y ver nuestro pueblo en ruinas; es muy difícil ”, dice su líder (delegado municipal) Roberto de la Rosa, mientras arrea a fuerza de piedras y mentadas a chivas correlonas y borregos lanudos sobre el vasto monte bajo Salaverna, por donde se arrastran víboras y se escuchan por las noches los aullidos de algunos asustadizos coyotes.

Este conflicto se agudizó el 6 de diciembre de 2012, a las 19:15 horas, cuando una fuerte explosión en la mina subterránea cuarteó la iglesia, la agencia municipal, la plaza principal y sacudió de arriba a abajo, como quien te tira una dinamita en los pies, a todo el pueblo. La detonación provocó un hundimiento en el cerro de La Milanesa provocando un tajo de más de 10 metros de diámetro, como si algún gigante hubiera pisado por segundos la zona Este de Salaverna.

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Los escasos pobladores salieron despavoridos mientras que los ventiladores de la mina subterránea -los conocen como “robins”- expulsaban, con estruendo, una nube de polvo y piedras. Parecía el fin -cuentan los habitantes encabezados por Celestino Guevara-, nos hacíamos en el fondo de la mina, sentíamos hundirnos hacia el más allá. Luego, las autoridades estatales, federales y municipales, en ese orden, dijeron que “fue una falla geológica”, como si la mina de Slim no existiera ni las intenciones de la empresa Tayahua-Frisco fuera a expulsarlos.

Antes de ese 2012, cuenta Celestino Guevara detrás del mostrador amarillo encendido de la tienda que posee desde hace más de 40 años, habían venido representantes de Slim para platicarles del proyecto de la mina a cielo abierto. Se reunió todo el pueblo (unas 200 personas) en la plaza principal. Los abogados y enviados del grupo Frisco fueron muy receptivos y excesivamente amables. Escucharon planteamientos pacientemente, pero después de varias horas los empleados de Frisco los invitaron a pensar y meditar algunos días la respuesta. No querían, así lo dijeron los enviados de Slim, decisiones al vapor ni planteamientos aprisa porque se trataba del futuro de sus familias. Tenían que resolver dos preguntas: ¿qué necesitaban para reubicarse? y ¿qué condiciones exigirían a la empresa para mudarse?

Los habitantes de Salaverna se reunieron para discutir cada una de las respuestas, coordinados por Celestino Guevara y Roberto de Rosa. Durante varios días de opiniones y acalorados diálogos, habían llegado a la conclusión de que necesitaban una extensión similar a la actual de Salaverna, que se les dotaran de solares con la construcción que cada uno tenía (es decir, una réplica igual de sus viviendas) en predios de 50 por 50 metros, con luz eléctrica, con escuelas, con la iglesia, con tiendas y todo los servicios a los que están acostumbrados. Los enviados de Slim recibieron la respuesta, les dijeron que no había ningún problema, que les parecía muy justo y que pronto vendrían con muy buenas noticias.

Después de varias semanas de espera regresó a Salaverna un abogado, representante del emporio Slim, ya no benevolente ni receptivo como los que habían platicado inicialmente con los pobladores, sino impositivo y con un discurso que atemorizó a la población. En pocas palabras los invitaba -más bien amenazaba, dice Celestino- a mudarse de inmediato al nuevo Salaverna (un fraccionamiento de 90 pequeñas casas construidas en apenas once hectáreas, con iglesia, clínica del IMSS, jardín de niños, primaria, telesecundaria y una biblioteca digital Telmex) porque “el pueblo de Salaverna iba a ser demolido en unas horas”. La gente se asustó. Comenzaron a mudarse en unos camiones que el abogado les facilitó apenas tomaban las llaves de la nueva vivienda. Con la ayuda de decenas de trabajadores cargaron con menajes completos en poco tiempo.

“A quienes se fueron al fraccionamiento, en cuanto cerraban la puerta, les destruían sus casas en Salaverna, porque si se arrepentían podrían regresar; y ahí tiene, nuestro hermoso pueblo lo ha desaparecido prácticamente este señor que por varios años fue el hombre más rico del mundo”, explica Roberto de la Rosa, quien desde 2012 no ha parado de luchar en la defensa de su tierra y de su gente.

-¿Y los solares de 50 por 50 que les prometieron, las tierras similares a estas, las condiciones de vivir igual que aquí que ya habían pactado con los enviados de Slim?

-Todo fue una farsa.

De la Rosa es un campesino de 64 años de edad que tiene la energía de un joven citadino de 18, de mirada centelleante, clara, que trae en la mochila copias de documentos de los proyectos de expansión de Slim, copias de denuncias ante diversas instancias nacionales e internacionales, varios frascos de jugos de durazno, boletos de autobús del trajín de marchas y mítines en las que participa en la ciudad de México y en la capital del estado, lápices y plumas, envoltorios de galletas y -como dijo entre risas y seriedad- “la esperanza de que esto se acabe y entienda Slim que con nosotros no va jugar a pesar de su poder y dinero”. Todo eso trae en su morral de chivero.

Ha encarado a secretarios de Estado, como Rosario Robles, al gobernador de Zacatecas, Miguel Alonso, a procuradores, a diputados y senadores defensores de los intereses del consorcio Carso, a policías y soldados, sin doblar las manos ni bajar la mirada. Les ha dicho que han traicionado al pueblo de México porque permiten el desalojo de campesinos y la destrucción de un pueblo completo para defender los intereses del poderoso Carlos Slim. Roberto de la Rosa es el dique fuerte de este pueblo, el líder. Nació aquí y se quiere morir entre las montañas de este lugar, está dispuesto a seguir la lucha hasta las últimas consecuencias. Quiere, junto con las familias que lo respaldan, tres cosas: “certeza jurídica de nuestra tierra; condiciones de vida a las que estamos acostumbrados; y, por último, indemnización por daños y perjuicios”. Pero Carlos Slim quiere desterrarlos.

Salaverna es un claro ejemplo de cómo las empresas mineras pueden desaparecer y reubicar pueblos enteros si debajo se encuentran vetas ricas de minerales, como ocurrió en los ochenta con Noria de Ángeles, donde los ejidatarios fueron indemnizados con pagos miserables por sus tierras y ahora, después de que explotaron consorcios extranjeros “la mina más grande de plata en el mundo” por varios años heredaron graves secuelas ecológicas en el entorno y problemas de salud en la población; como ocurre ahora con Nuevo Peñasquito, el pueblo que fue trasladado por la empresa canadiense Gold Corp y donde se encuentra la mina Peñasquito la cual produce miles de millones de dólares al año de ganancias para los canadienses, mientras que indemnizaron a sus dueños originales con 5 mil pesos cada hectárea; la historia intenta repetirse con Salaverna, explica el investigador Federico Guzmán López.

Catorce “robin” circundan, ahorcan, al fantasmagórico Salaverna; son potentes ventiladores de aproximadamente un metro de diámetro que expulsan polvo y aire caliente desde más o menos 1500 metros de profundidad, que producen un constante zumbido, día y noche, como una chicharra gigante que inunda con su sonido, día y noche, el sutil silencio del semidesierto, donde el sol hiere quemante cualquier piel; el oxígeno escasea a casi 2,700 metros sobre el nivel del mar. Cada segundo, tsss, tsss, tsss, tsss, tsss, tsss... día y noche.

Por las calles de Salaverna hay miles de anécdotas. Hubo cantinas donde pelearon y se abrazaron quienes ya no están aquí, cervecerías de diálogos eufóricos donde moquearon tristezas y celebraron eufóricos por encontrar grandes vetas y pepitas de oro, lugares llenos de leyendas gambusinas, lugar de tabernas y algunas farmacias con medicamentos para enfermos de pulmones, con un cine en donde sus habitantes disfrutaron al torito de Pedro Infante, los lobos de Kevin Costner, los cantares de Jorge Negrete y el revolver veloz de John Wayne en el viejo oeste, de una panadería que inundaba con aromas de conchas, bolillos y ojos de buey recién hechos en horno de leña. Hubo bailes de salón, grandes fiestas de quince años, zafarranchos durante cumpleaños y abrazos multitudinarios en otros, bodas que duraron varios días alrededor de carnitas y guisados tradicionales, funerales multicolores.

Aquellas noches apacibles donde niños, mujeres, jóvenes, viejos, con nombres y apellidos se paseaban por la plaza cubierta de banderitas mexicanas o los fines de semana cuando asistían a jugar futbol, beisbol y basquet en la parte baja del pueblo. Tenían sus estrellas, tenían sus ídolos, sus víctimas, sus héroes, sus historias emanaban por paredes y farolas, cubiertas ahora de hierba y olvido, derrotadas ante el mazo y los explosivos. Abandonados al olvido como el puente principal tragado por la maleza Todo eso se fracturó desde aquel estallido que dicen las autoridades que fue “falla geológica”. Muchos se fueron y pocos se han quedado porque han dejado la piel y el corazón aquí. Si se van se traicionan y traicionan a sus muertos. Si se quedan, vivirán.

El contraste viene cuando se visita el alineado Nuevo Salaverna. Ni un alma por sus calles o pocas personas presurosas de repente van de la escuela a sus casas, de la tienda a la iglesia, mujeres y hombres temerosos de hablar se siguen de largo. Los viejos se mueren de tristeza, dice Jesús Montoya, de 70 años, oriundo de Salaverna. “No sabe cómo me arrepiento de haberme venido a este panteón”. Mira hacia los cerros donde se enclava Salaverna y apunta, mientras una lágrima cae por la mejilla, una pequeña lágrima que llega a su boca y traga, dice: “allá viví… allá tenía todo. De allá se ve muy distinto todo”. Aquí, como dicen, nos construyeron el panteón y nos enterraron en vida.

Los operadores metalúrgicos del dueño de Sanborns y Telcel han proyectado abrir un inmenso boquete precisamente con epicentro en la plaza principal, ya sin banderitas mexicanas ni aroma de panadería, del histórico Salaverna, para comenzar una extracción a cielo abierto en una área de 42 hectáreas; es decir, excavar un hoyo con diámetro de un kilómetro y 200 metros por donde circularán, en una infinita espiral hacia el centro del boquete, camiones de volteo de 160 toneladas cada uno y barrenarán en cada explosión algo así como 75 mil toneladas de material. El monstruo saltará a la superficie para tragarse de un bocado a Salaverna y sus más de 200 años de historia. Dicen que traerá muchos empleos, beneficios y que vendrá el progreso como una especie de santa claus panzón, de carcajada voraz, transportado por renos.

Pero no es así, advierte Federico Guzmán, especializado en megaproyectos mineros. “Ahí le van los datos, sin tanto rollo: cotejar varias cifras e indicadores de Inegi, de la Secretaría de Economía, del Fondo Minero y del índice de la pobreza, nos dice que por cada mil dólares generados por la minería, en Mazapil (municipio al que pertenece Salaverna), apenas el 0.05 por ciento se han quedado aquí; el resto, 999.95 dólares se han ido en ganancias netas para las empresas. ¿Entonces dónde están los beneficios?”, pregunta. Los resultados son evidentes.

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) señala que el 72.7% de la población de Mazapil, en 2010, está en situación de pobreza, mientras que Zacatecas, la entidad a la que pertenece Mazapil, tiene un índice en ese mismo año de 60.2% y en México el 46.3% de la población. De ese tamaño es el drama que viven miles de habitantes de Mazapil donde Guzmán López ha estudiado el comportamiento de la minería y ofrece las siguientes cifras de esta zona donde Peñasquito (Gold Corp, empresa canadiense) y Salaverna (Tayahua-Frisco, de Carlos Slim) se reparten el pastel de las ganancias del subsuelo:

“Peñasquito tiene unas reservas probadas de 1982 a 2014 de oro de 17 millones 400 mil onzas, las cuales a precios internacionales actuales son 22 mil millones de dólares; de plata asciende a 1046 millones de onzas, las cuales se cotizan con precios internacionales de 2014 en 19 mil 874 millones de pesos; de zinc son 15,334 millones de libras que a precios internacionales se colocan en 16 mil 560 millones de dólares; y, de plomo se estiman en siete mil millones de libras, cotizadas en 6 mil 220 millones de dólares. Es decir, las reservas de esta impresionante mina rondan los 62 mil millones de dólares. En el caso de Frisco-Tayahua hay pocos datos, pero de acuerdo al reporte anual de la empresa su producción de minerales durante 2014 ascendió a poco más de 12,350 mil millones de pesos; al abrirse esta mina a cielo abierto seguramente las ganancias se dispararán”.

Darcy Tetreault, investigador de la Unidad Académica en Estudios del Desarrollo de la Universidad Autónoma de Zacatecas, en un artículo académico publicado recientemente, asegura que en México, la privatización del sector minero se llevó a cabo antes de abrirlo por completo a la inversión extranjera directa. No es por casualidad, entonces, que los tres principales beneficiarios del proceso de privatización hoy en día son los tres hombres más ricos del país: Alberto Bailleres, dueño de Instrustrias Peñoles; Germán Larrea, dueño del Grupo México; y, Carlos Slim, cuyo vasto imperio incluye la Minera Frisco.

Roberto de la Rosa lanza otra piedra para desviar el camino ascendente del rebaño. Es hora de meterlas al corral, “como Slim nos quiere meter a nosotros”, dice. Es un hombre de gran condición física, va y viene sin descanso, mientras platica serenamente. Ascendemos hacia el pueblo escuchando cada pisada en los caminos terregosos y sinuosos que llevan a Salaverna. Cae la tarde. Atravesamos el pueblo casi en la oscuridad. Comienza a recrearme las historias que vivió ahí mientras se escuchan detonaciones debajo de nuestros píes. Abajo hay una ciudad, una mina enorme que quiere devorar todo lo que hay arriba. Las leyendas surgen, los presagios, me enseña las huellas del pasado en pequeños hornos alimentados por fuego de palma para fundir metales, la casa de doña Juana, la cantina convertida en un montón de piedras, la calle donde jugaba futbol “de chavalillo”, recrea los ambientes de entonces.

Los robins no dejan de sonar. “Entonces teníamos mucho silencio, mucha pasividad y tranquilidad”, dice pausado, al estilo de como habla la gente del semidesierto, en sílabas, nostálgico, viendo los espacios de antes y las casas que ya no están y el pueblo de Salaverna destruido, agonizante, como bombardeado, como odiado por alguien, como en ruinas. “Este soy yo”, me dice, mientras abraza calles, casas, iglesia, fuente, todo lo del pueblo de Salaverna con unos brazos imaginarios. “Este soy yo”, vuelve a decirlo, aunque ahora, “por el momento nos hayan destruido pero los de aquí le daremos la cara a Carlos Slim, mientras él, seguramente, no nos pondrá sostener la mirada”.

-¿No es un asunto de envalentonamiento?, don Roberto.

-No, pero tampoco destruirnos así, sin tomarnos en cuenta, como si no existiéramos, no es un asunto tampoco para ponerse feliz. No pedíamos mucho, pedimos lo justo, lo que tenemos: historia, cultura y nuestras tierras. Y no creo que por eso Slim se empobrezca.

Después, todo es mirar estrellas, respirar, abrigarse porque la temperatura baja. Salaverna se ve tétrico, fantasmagórico. Solo siluetas de piedras caídas, mientras el enorme boquete de Slim no tardará en abrirse. Durante la noche hubo dos explosiones que sacudieron cada piedra y cada sueño. Apenas salió el sol y don Roberto apareció con su morral, para otro día de lucha. “Aquí moriremos si es preciso”, dijo, mientras bajaba a los corrales del rebaño en medio de la tierra que lo vio nacer.

Édgar Félix
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Édgar Félix

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