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Los colores de Rulfo y Villa

Los colores de Rulfo y Villa

Mauricio Vega tenía 19 años cuando lo tiraron de un tren y descubrió los colores de su vida, los colores de su alma. Esa es la teoría de él. Y si vemos o alcanzamos a ver toda su obra, metida por ejemplo en cada cuadro de una película de cine y la proyectamos en 60 segundos, desde esta anécdota traumática a este día, entendemos sin preguntarnos más, sin preguntarle, cuando dice que le gustan los colores violentos.

Siempre te quedas en una especie de marasmo cuando tratamos de entender algo que solo lo lograríamos si nos metemos en la lógica de quien lo dice: ¿Colores violentos? Porque desde la perspectiva ajena al mundo de Vega cualquier color puede ser violento, hasta el blanco. Pero los colores violentos de la obra del artista Mauricio Vega, quien está fraguado, hecho, cimentado en el semidesierto, esos colores cobraron un sentido violento, donde fue perseguido medio siglo atrás -del día D de Vega- el duranguense y zacatecano Doroteo Arango-Pancho Villa, cubierto de un cielo lleno de estrellas, rodeado de coyotes y víboras, con un sol quemante al estilo del viejo oeste de Jhon Wayne, quien hacía sus series en esta zona, donde sólo un protagonista de esas y estas revoluciones con balas y sin balas, sobrevive para contarlo. Ahí comenzaba el combate con sus colores y sus obras.

Eran los años sesenta. Ya tenía la edad oficial para cortarse el cordón umbilical y se fue a la estación de Buenavista para usar las tijeras filosas del viaje de un tren. Hacia donde lo llevaran los durmientes y el taca-taca de los rieles de ese tiempo, dando la pausa al azar y llenándose la vida de sin sentido. Se subió a uno, se acomodó entre costales y carga, para jugar con los dados de su joven vida. Él creyó que había llegado a Estados Unidos, porque estuvo rodeado de güeritasojosazules y no, no, era una comunidad menonita. Y así se fue de contrabando en ese vagón. No recuerda cuánto tiempo llevaba, sólo que estaba dormido, que descansaba, que dormía, cuando una sombra corpulenta le gritó iracunda, oculta en la madrugada de ese día, para despertarlo de un sopetón, entre trancazo y trancazo, para luego abrir la puerta del vagón y arrojarlo a un colchón de polvo y piedras.

Rodó. Rodó con mucha fuerza y en cada vuelta recibía golpes. El poco impulso del tren le salvó la vida. No tardó mucho en girar hasta quedarse quieto, mirando las estrellas. ¿Dónde estoy? Pegaba en cada vuelta, mientras escurría diminuto un hilo de sangre de la nariz. Ese sabor preámbulo de la desgracia. ¿Dónde estoy? Pensó, y sintió en esos días que toda tu vida no tenía sentido, mientras rodaba en un lugar del planeta. Lo primero que contempló fueron las estrellas. Así se quedó un buen rato mientras el silencio de esa zona lo ensordecía, lo absorbía. Comenzó a caminar en la misma dirección que iba el tren. Debe ir a hacia alguna parte porque yo vengo de la misma parte. La oscuridad era profunda, siena, ciega, muy profunda en el suelo. Algunas horas después, con el rostro sudoroso, con un sol rapaz, quemante, lleno de sed, envuelto en colores violentos, ocres, tierras y esos colores melancólicos de la desgracia, estaba frente a un pueblo que superaba al Comala de Juan Rulfo, al infierno de Los de Abajo, de Mariano Azuela. El viento se llevaba todo, hasta el alma envuelta en polvo finísimo.

Hace una pausa. Toma aire. Respira cincuenta años después de aquel percance. Entonces cobra sentido la frase para explicarse su paleta de colores: “mis colores son los tierras, los sienas, los ocres. Colores más melancólicos. Me gustan más los colores violentos”.

Aquella población a la que llegó Mauricio Vega se llama San Felipe Pescador, Zacatecas, un pueblo erigido por y en la estación de un tren. En medio del cruel semidesierto mexicano, ubicado en una zona agreste donde sobrevivir no es para cualquiera. Aún se acuerda qué tan terregoso era todo. Un lugar para fraguar, como espada, el alma de cualquiera. De por sí la vida no es fácil y con aquellos vientos, aquel sol cruel lopezvelardiano y en esa tierra colorada, supo que la vida independiente, como lobo estepario, se abría en las puertas de un vagón. Muchos años anduvo vagando de comunidad en comunidad rural de Zacatecas y Durango, dibujando, aprendiendo y conociendo.

“El bato de México”, le decían, lo presumían, hasta que una mujer se lo llevó a su casa, como juguete. Una mujer caprichosa con un papá ranchero consentidor con mucho dinero bajo el colchón. “Mira -le dijo- ves todos esos árboles de manzana, desde aquí y hasta allá, hasta aquellos cerros; esos son de nosotros”. Cuatro meses aguantó Mauricio Vega aquella jaula de oro. El papá ranchero con aires de alguna película de Piporro le advirtió que se fuera, en chinga, sin decir nada, calladito, sin despedirse, y que no lo notara su hija porque sino lo mataba apenas descubriera sus planes. Fue cuando regresó a la Ciudad de México, algunos años después de que lo arrojaron al semidesierto estrellado, en la madrugada, de aquel vagón perdido. Con él se llevó los colores de Durango y Zacatecas, esos paisajes, esas vivencias, los pintó, los mezcló, hasta que descubrió que son los mismos colores utilizados por artistas catalanes.

Las ideas de Mauricio Vega fluyen entre pausa y pausa. “Nunca había hablado tanto”, confiesa. De hecho es un artista sin protocolos, sin solemnidades, sin rebuscamientos. Es un hombre sencillo en el decir, pero cuando se trata del arte mete el bisturí para diseccionar realidades: “Lo visual es parte de una obra. Yo no veo la obra, veo la pintura, el trazo. El arte abstracto puede llevar a la nada. Hacia la síntesis, como un logotipo. Una pintura parte a descubrir otro mundo; ese es su sentido”. Como aquel vagón.

Se siente un artista que no busca el éxito comercial porque se siente satisfecho con lo logrado. “Tengo que dejar una obra que vuele, tenemos necesidad de vivir; Cuando encuentro a alguien que me compre una obra lo traduzco y, así quiere decir, que la obra encontró su complemento”.

Para el maestro Mauricio Vega los temas de cada obra son un pretexto. “Quiero buscar lo invisible por medio de lo invisible. Me importa la percepción. Siempre me retroalimento de los maestros. Quiero detener el tiempo. Cuando pinto un paisaje quiero hacer una especie de cuadro en el que converjan varios puntos de vista, al estilo de Siqueiros. El tiempo, la perspectiva y agregarle la fuerza expresiva de un Orozco. Por ejemplo, en la obra de Van Gogh no veo los girasoles, no veo el paisaje nocturno, porque lo que quiso hacer es la percepción”. En otro sentido, explica: “Quieren detener el tiempo, pero no veo el retrato, ni la figura desfigurada, sino la velocidad de la obra”.

Para ser más gráfico, más entendible en el espacio, “lo entendería como la música; el arte es eso. En la pintura hay música. Un cuadro nunca está terminado. El que termina es el espectador. Su cultura, su vida misma. Esa obra se ve en el tiempo”.

El resumen de sus conceptos del arte se constriñen a una frase, en la que cabe no sólo la pintura, sino la música, la escritura, todas las bellas artes: “No me gustan las cosas obvias”.

El tren de Mauricio Vega avanza. Dice “cada día estoy aprendiendo. Cada día me cuesta más trabajo, cada día me exijo más”. En su obra lucen sus colores violentos en los umbrales del tiempo.


Fotos de Claudio Cue

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