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El nanosegundo del arte

I

Peñalta lo dijo tres veces, remarcando cada palabra, a lo largo de la plática: “La piedra como elemento del arte es la mejor forma de recordar lo que somos”.

Es decir, desde la mirada de este artista mexicano “la vida es una pinche placa de mármol llena de vetas en la que tienes dos opciones: autocompadecerte o aceptarlo, y empezar a construir sobre esas vetas”.

Pero antes de pasar a la explicación de esa frase, imaginemos esta escena:

Después de una larga espera, Peñalta entra feliz, extasiado, en la bodega donde venden enormes piedras de mármol. Hay decenas por doquier, transportadas por un ruidoso carrito montacargas, una especie de grúa con tenazas que maneja con destreza un señor cansado. No es la primera vez que Peñalta está ahí, debe ser como la vigésima o trigésima vez que acude. Apenas se asoma y el tapete de Bienvenido lo esconden los empleados de la tienda. La última vez se llevó varias horas en seleccionar. Los hombres que lo atienden lo ven con ese rictus que resulta cuando uno está medio encabronado y medio asombrado. O como en México lo decimos muy comúnmente, aunque no tenga traducción en otros idiomas: “hasta la madre”. Hay que mostrarle de varias formas las láminas de mármol hasta que Peñalta encuentre las vetas en las que trabajará. Es cliente y el cliente manda. Y no es algo fácil, es mover media tonelada de mineral hacia todos lados.

Este día el conductor del carrito ya no tiene la paciencia para atender con más ahínco y esmero a Peñalta, pero el artista saca su libreta de papel y dibuja en pocos minutos el rostro del chofer y se lo regala. El hombre jamás había recibido una muestra de afecto y aprecio en lápiz. Queda asombrado. Está moralmente desmoronado, nunca pensó que el arte podría llevarlo a ese éxtasis y felicidad de verse plasmado en un retrato hecho con lápiz sobre un papel. Desde entonces Peñalta consiguió un aliado más para lo que llama: “mi descubrimiento”. Los empleados de la bodega de mármoles finos ya sacan otra vez el tapete de Bienvenido. No es fácil concebir las dificultades a las que se enfrenta diariamente el artista para seguir construyendo su sueño, su filosofía, su disciplina. Peñalta trabaja con piedras, y eso no es fácil.

II

Ya no son aquellas obras de cartón que hacía hace algunos seis o siete años en su estudio ubicado en la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma, muy cerca de la casa de Ramón López Velarde. Por aquellas fechas él pensaba muy Nietzscheniano: destruir para construir, el mismo pensamiento que llevó a Francis Fukuyama a escribir El fin de la historia; hacer para deshacer, sin eufemismos cursis, y sí más cercano a la realidad del ave Fénix. Peñalta se reinventó siempre y sigue dibujándose en cartón para despedazarse y unirse. “A mí me importa cuando la obra ya está hecha; si luego se destruye o por alguna razón se pierde, no importa, lo importante para mí es su creación, el momento de hacer se perpetua”.

Peñalta estudió Derecho en la Escuela Libre de Derecho, pero aclara a lo largo de la conversación que “desde niño vivo -viví- del arte. Mi conexión con el arte es desde niño, donde me doy cuenta que un sentimiento puede ser manejado. Cuando un sentimiento puede exteriorizarse para que quede plasmado en algo perceptible en nuestros sentidos. Es una forma de vivir. Más conexión con el sentimiento. Era una evasión, una salida, una forma de respirar. Eso fue muy sutilmente desde niño”.

III

La cita para platicar, para echar un café de 15 minutos, se extiende a más de una hora; sin café ni agua. Estamos en El Ahuehuete, el espacio de arte transitorio inventado y creado por Antonio Cordero y Angelica (sin tilde) Montes-Cruz. A un costado de las esferas de Antonio Luquín, enfrente de la obra de Rafael Cauduro, nuestro Siqueiros actual. En la sala entrevistan para televisión a Angelica, quien explica el proyecto. También al genial maestro del arte contemporáneo, Narcisus Quagliata, de quien me quedo con dos frases: “la historia del arte conspira contra mí” cuando explica lo insignificante del artista ante esta transformación social y “hay 25 mil artistas del arte en Nueva York ¿cómo competir con ellos?”. En la sala también está Olivia Barrionuevo y Michael Vetter.

Peñalta comienza a hablar en voz baja, para no interrumpir las otras conversaciones. Se acomoda en una de las sillas de una pequeña mesa, mira hacia el teclado donde escribo las frases esenciales de la conversación y mira hacia la sala, hacia el interlocutor.

  • Abogado y artista, ¿qué tienen en común?

  • Son dos actividades que tienen enfrente algo cambiante, subjetivo y cambiante, que es el ser humano. En las dos actividades la creatividad es fundamental, la interpretación es elemental. Un abogado analiza el comportamiento humano, interpreta las leyes. La interpretación de la ley es radicalmente distinta en uno y otro caso. En las dos se trata con el ser humano, se interpreta al ser humano en ambos casos y ese ser humano cambia todo el tiempo. Cuando yo como artista trato de expresar lo que soy, siento. Como abogado, de igual forma, trato de hacerlo para interpretar el proceder humano, para lograr un fin: el bien común.

  • ¿Cuándo decides ser artista y dejar la abogacía?
  • Ha sido una coexistencia del artista con el abogado hasta hace algunos años. Hasta que llego a un descubrimiento. Me sé y me veo absolutamente conectado con el arte, desde joven y nunca lo he dejado. El arte siempre lo he practicado. Cuando decidí estudiar la carrera de Derecho y ejercerla jamás implicó un abandono de mi actividad como artista. Comía del Derecho y vivía del arte. Esta circunstancia me dio una absoluta libertad en donde los relojes y los itinerarios no existían para mí. La espera para una exposición o la obtención de un premio no existían. No había ningún compromiso con nadie, ni reflectores, así que entré a una búsqueda, sin prisas. Esta búsqueda, en la que empecé a acostumbrarme y coexistir, se convirtió en una forma de vida; quizá me olvidé del descubrimiento. Estábamos en solitario, metidos en mi cueva. Un día abrieron la puerta y el descubrimiento nos encontró a los dos acostados en la cama. Me llegaba hasta el tuétano pintar. Tenía mis espacios y mis tiempos. Los dibujos estaban donde quiera en mi trabajo. En los expedientes había dibujos, donde sea había dibujos.
  • ¿Y cómo llega ese descubrimiento?
  • Esto fue hace seis o siete años. Comienzo a trabajar sobre ese descubrimiento y plantearme la posibilidad de darlo a conocer. Estaba en una libertad total. Soy autodidacta. Fui al taller de Aceves Navarro. Me seguí mi propia ruta y camino. Trabajaba con materiales distintos. Cuando se juntan varias líneas, un clima, un estado de ánimo, música, quizá un poco de mezcal y de repente se da un momento. Se llega una especie de orgasmo espiritual. Llego a un éxtasis, que solo se da en ciertas ocasiones. Ese momento es absolutamente valioso. Lo demás puede no importar. Puede ser una guarnición. Momentos muy personales. Trabajaba con cartón, hacía un dibujo, con cartón. Una vez que terminaba la obra, a veces, la rompía. “Está muy bonito”, me dijeron. Y yo lo que hice fue romperla.

“Quería quedarme con ese momento”. Trabajé con cartón. Sacaba piezas del cartón. Destruyo para construir, al estilo Nietzsche. Para destruir lo que hizo la naturaleza y construir lo que somos nosotros. Es un reconocimiento. Hay que acordarnos de lo que somos. Somos un nanosegundo en la piedra. Por el manejo del tiempo. Es una alfombra mágica petrificada durante millones de años. Dejando volar la huella de lo que somos.

Peñalta hace una pausa. Se queda en silencio para dar entrada al tema del descubrimiento: “De pronto, en Cancún, mientras observaba unas de las losetas del piso, de un pulido piso, vi una figura atrapada en el piso. Me gritaba que la ayudara a liberarse. Ese fue el momento de inicio para entrar en una vorágine de técnicas y perfeccionamiento”.

Para él, sus obras de arte son realizadas “al más puro estilo grafitero. Yo hago una invitación al diálogo con el objeto. Vivo de hacerlo. No importa si no llega. Lo demás es una guarnición (exposiciones, entrevistas, la parafernalia de la obra). Más que sencillez, es una conexión que vale más que todo”.

Cuando sale de la caverna -Peñalta usa esa frase-, para ligar más ideas del descubrimiento con el que comienza a reconocer rostros. “Esto no lo había visto antes. Es, precisamente, la pareidolia; fenómeno psicológico donde detectas seres y rostro de la naturaleza”.

  • ¿Qué necesita la gente?, se pregunta.

  • Ver lo que anhela, se contesta.

Le explico que cuando menciona este descubrimiento, por alguna razón me hace recordar los cientos de vírgenes y santos que han encontrado las personas en losetas y lugares inesperados en el Metro de la Ciudad de México. Siempre han sido muy polémicas esas apariciones, esas alucinaciones de la gente. Son como estados de catarsis.

Sin explicaciones respeta ese punto de vista. Le parece extraordinario ese diálogo de la gente, cualquiera que sea su procedencia, su cultura, su preparación, con la piedra. En este fenómeno caben muchas explicaciones; esa es la razón.

Pasa a su obra, a explicarla:

“Se genera una pareidolia, que es como una especie de diálogo; es un monólogo de mí con la piedra. Los seres que descubro en la piedra. A partir de que ves la obra de Peñalta quieres seguir tu diálogo con la piedra. La mujer o alguien puede ver más y de acuerdo a su interpretación y deseo. El arte es el más potente de los lenguajes. Esta piedra como instrumento para expresarse. Mi propuesta, en esta fatiga que surge del concepto per se. El concepto es muy valioso. Lo subordinamos a la piedra, al concepto más elemental. Y basta de acertijos. La piedra tiene un significado especial en el ser humano. Tiene un significado muy importante. Estamos en el mundo de la naturaleza. No altero la veta, ni llevo una población. Hago conectar sutilmente esas vetas, lo que quiere decir la naturaleza y finalmente lo hago”.

Añade Peñalta que está en este descubrimiento. Que primero lo respira, lo expresa plenamente. Que lleva entre seis y siete años con este descubrimiento.

“No es difícil. Hay que estudiar a Nietzsche, saber de teoría termonuclear, de muchísimas cosas. Me gusta porque es mi trabajo. Igual veo a un crítico de arte como veo a las personas del aseo del museo. Para descubrir que ya descubrió algo. Por ejemplo, la mucama de la casa hace poco me dijo que en una de mis obras veía a una mujer guerrera. Entró en el diálogo con la piedra. Me basta con que sea un ser humano para que se conecte con esto. Es la expresión personal. El espectador no se queda con lo que yo digo, sigue buscando”.

“No es que yo lo escoja. Este fenómeno psicológico tiene que ver mucho con el funcionamiento del cerebro. Lo que me sale desde lo más auténtico de adentro. Yo lo que hago es sacar, hablar, por medio de la piedra. Yo pinto lo que siento. Necesito ver una imagen. Quizá un rostro. Veo sentimientos. Sentimientos que se traducen en un lenguaje. Todos quisiéramos que la vida fuera un gran lienzo en blanco donde pudiéramos plasmar nuestros anhelos”.

Es decir, el arte de Peñalta invita a “construir sobre tu propia realidad”.

El proceso para trabajar con estas piedras es extenuante. Primero, conseguir el material. Luego se aplica ácido para matar vidrios, porque cada pieza son como las personas, cada una se comporta diferente. Algunas brillan más y otras menos; a veces el brillo ayuda o no. Luego viene el proceso de pintura en las vetas. Hay algunas vetas que absorben de inmediato y no hay nada con qué quitar los segmentos, hay otras que no aceptan ninguna tonalidad ni color. Cada piedra es un gran reto.

Vienen las conclusiones y me regala un dibujo. Es un ser de perfil con muchos diálogos que lo circundan. Dibuja todo el tiempo. Se queda fijamente viendo mi cara. Me dice, “veo un rostro en tu rostro. Todo el tiempo veo rostros y animales en todas partes, donde no los hay”.

A nadie le es indiferente una pieza de Peñalta, de eso estoy seguro.