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Rébsamen; secuestro oficial, espectáculo y muerte

23/09/2017

Martes 19 de septiembre.
La oscuridad de Peña Nieto

Cuando llegó Enrique Peña Nieto llegó la oscuridad. Por la calzada de Las Brujas entró rápidamente el vehículo de la Presidencia de la República con luces encendidas, escoltado y blindado, ante el azoro y sorpresa de vecinos. Habían transcurrido casi ocho horas desde el sismo cuando el presidente descendía de la camioneta oficial, ataviado de chamarra oscura y camisa blanca, cuando se encaminaba desde la esquina de Brujas y Calichal, localizada a dos cuadras de las ruinas del edificio escolar.

“Buenas noches”, saludaba mientras se enfilaba hacia el colegio Enrique Rébsamen. “¿Enrique Peña Nieto aquí? No, pues entonces sí, algo sucederá...”, decían algunos voluntarios de la Cruz Roja que formaban una valla innecesaria (no había gente que detener) para que pasara el mandatario mexicano por una calzada limpia de curiosos, transeúntes y obstáculos. “Viene el señor presidente a ver cómo vamos”, había dicho un agente de la policía federal, con el pecho lleno de orgullo institucional, localizado en el segundo retén de Brujas. Los militares, bien fajados, saludaban marcialmente a su jefe supremo.

alt alt (Fotos y videos de Édgar Félix)

Unos minutos antes esta misma rúa estaba convertida en la aorta de víveres y herramientas: tortas y sándwiches, gasolina, diesel, plantas de luz, envases de agua de todos tamaños, talaches y barras de acero, palas, papel de baño, cobijas, cajas de galletas, chocolates, platos y vasos desechables, medicamentos, sogas, cadenas, tubos, polines, adrenalina en ampolletas, sueros, aspirinas, toda clase de fórmulas y medicamentos. Una vía por donde pasaba toda la solidaridad inconmensurable de los habitantes de este país. Decenas de jóvenes, nacidos muchos de ellos en el 85, traían esa mercancía. La generación nacida en aquel sismo tomaba las riendas en este, también del 19 de septiembre. Sobre los lugares de estacionamiento adyacentes en Brujas una gran cantidad de ambulancias de la Cruz Roja, del Ejército y del ERUM fueron estacionadas, mientras la ciudad estaba sumida en el caos y miles de personas desesperadas buscaban ayuda médica.

Peña Nieto llegó impecable, sin despeinar, como es ese estilo ejecutivo que siempre lo ha caracterizado. Pasos seguros, mirada fija al frente, sonriente al saludo, un maniquí del poder. Así pasó, así saludó y en pocos pasos estaba en los escombros del Rébsamen, donde el país entero pondría los ojos, la atención y el corazón por una niña que nunca existió, que nunca se comunicó, que nunca tomó agua por mangueras, que nunca estuvo, que nunca perteneció a la lista de estudiantes. Un fantasma creado por Televisa y los voceros de Marina que entregaban constantemente información a la conductora de marcado acento español, Danielle Dithurbide Vega, quien solo se encargaba de reproducir, de decir tal como recibía, sin contexto. Toda información se filtraba por un productor que le ordenaba qué decir, así como la dirección de los conductores de Televisa.

-¿Si se cae esa enorme loza, se cae la candidatura de Nuño? le preguntaba el miércoles por la noche a Luis Ignacio Sánchez, administrador federal de Servicios Educativos de la Ciudad de México, de la SEP, a unos metros donde laboraban afanosamente decenas de personas para rescatar a los sobrevivientes del Rébsamen.

-¡No!, no es así. Contestó con un fuerte golpe en mi hombro. El juego del sé y no sé, el sí pero no. Eso sí, incómoda la teoría.

-Cuando vino Peña Nieto eso provocaron. La presencia del presidente en las tareas de rescate hicieron que trataran de lucirse sus compinches para ganar reflectores. Convirtieron este lugar en una sagrada presidencial. Peña Nieto se comprometió -casi con notario, como decía en su campaña- a rescatar seres humanos de entre los escombros del Rébsamen con toda la fuerza, estrategia e instituciones del Estado mexicano. Se querían lucir y aún no han podido. Le comenté. Esa loza es muy pesada.

Silencio. Una risa y salirse del tema, fue la respuesta.

La presencia de Enrique Peña Nieto en el Rébsamen y su compromiso de hacer todo lo posible por rescatar a víctimas de ese colegio llevaron a los mandos de la Secretaría de Gobernación y de Marina a enfrentarse, a dar órdenes contrarias, como lo explica en un video un rescatista que estuvo 12 horas continuas desde la una de la tarde del 19 de septiembre: “El de Gobernación se pelea con el del mando de la Marina. El almirante Vergara mis respetos, pero los otros dos quieren un ascenso y pesa más la medallita a que se haga, y se saquen los cuerpos, a que se haga lo que se tenga que hacer”. Además, el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño -amigo cercano de Peña Nieto-, un caso inédito en la historia de los terremotos de la Ciudad de México, permaneció en la escuela durante el mediodía del miércoles y hasta la tarde del jueves, ininterrumpidamente; es decir, nunca durmió y permaneció en una escuela privada cuando 5,092 escuelas resultaron afectadas. La mayoría del tiempo hablaba y hablaba desde su teléfono celular y poco participaba cuando el almirante José Luis Vergara, oficial mayor de la Sedena, convocaba a junta a los mandos para redefinir estrategias. Nuño veía desde afuerita.

Entre los rescatistas se hablaba de una niña y cuatro o cinco niños más, vivos. ¿O de una maestra con los niños? No estaba claro. Pero sí, aseguraba un rescatista de la Marina, es que hay niños vivos entre los escombros. Los corazones empujaban deseos de verlos salir por alguno de los cinco agujeros hechos en la loza de arriba y perforados verticalmente. Finalmente esa estrategia hizo frágil la estructura y la volvió endeble. Los topos entraban, rastreaban el lugar y en los mandos se peleaban la medallita. Varios rescatistas solicitaron durante las horas más álgidas del rescate al almirante Vergara les dotara de una megáfono para dar órdenes más fácilmente a los que laboraban en el edificio caído, pero Vergara o no contestaba o, simplemente, otros le aclaraban que no había megáfonos. El que manda soy yo, dijo Vergara en la madrugada del jueves.

Miércoles 20 de septiembre
¿Frida o fría? Lluvia, angustia.

alt CNN no pasa.

Brujas se había convertido en una especie del túnel de los deseos. Bastaba que alguien gritara: ¡una carretilla! Y el eco se expandía, en otras voces, desde el lugar del derrumbe y, si era necesario, llegaba al centro de acopio ubicado en la esquina de Miramontes. De inmediato, salía uno de los voluntarios con una carretilla hacia el Rébsamen, y así. Un orden en el caos. Los materiales como pilas, sueros o adrenalina, tardaban más en llegar, pero era como el túnel de los deseos que siempre se cumplían, sólo se gritaba qué se necesitaba. La entrada a reporteros y fotógrafos, prohibida. Sólo pudieron llegar al lugar de la catástrofe con una serie de esperas y llamadas al área de comunicación de Marina, medios como CNN internacional (tres personas), Univisión y dos fotógrafos de Reuters y Telemundo que permanecieron más de 12 horas sobre la calle de Brujas, frente al Colegio. Los únicos que estaban adentro eran Televisa, con tres camarógrafos, productores y set, y Televisión Azteca. Sólo hasta las primeras horas del jueves se les permitió entrar a los extranjeros, cuando había explotado el escándalo de la niña Frida Sofía que nunca existió. ¿Nunca?

El teatro se había caído. Algo falló. Algo no cuadró en los cálculos pero desde entonces las labores de rescate perdieron entusiasmo.

El Rébsamen no era cualquier colegio, tenía a la dueña y al hermano viviendo encima de los edificios. Era una referencia de educación privada de buena calidad o, al menos, de moda entre padres de familia y estudiantes, en la zona sur, Coapa. Estar en el Rébsamen era anunciar una posición social media y media alta de esta extensa región chilanga, capaces de pagar entre cinco y siete mil pesos mensuales por colegiatura. No era la moda en atención escolar, pero sí una tradición y un nombre bien posicionado entre quienes viven en Coapa. Cuando escucharon que se había caído y que decenas de niños sobrevivieron, otros murieron y más estaban atrapados la conmoción creció. Poco a poco se convirtió en el epicentro de la tragedia, muy parecido al edificio Nuevo León, de Tlatelolco, hace exactamente 32 años, exactamente también un 19 de septiembre, como maleficio. Brujas.

Las horas inmediatas del postemblor son semejantes a una posverdad. Viene una catarata de emociones, sobre todo pánico y estados de desánimo, en las que las personas comenzamos a hablarnos sin importarnos posiciones sociales, culturales ni nada, a mirarnos, a ayudarnos,a hacer cosas raras como hablar solo, a ser corteses y cuidar al otro. Traemos una explosión de sentimientos a flor de piel que no sabemos qué hacer con ellos. Son constantes los estallidos de llantos, de gritos, de mujeres que hablan de todo y hablan de nada, hombres que hablan de nada y de todo. La ciudad entra en shock, en un estado de ánimo anárquico, con olor a miedo, a muerte, a ser aplastados como papilla. Muchos sacamos esos sentimientos ayudando, solidarizándonos, echándonos la mano.

Del centro al sur de la Ciudad de México son un poco más de 25 kilómetros, según Google. Las dos regiones bien pueden ser dos ciudades distintas. Llegar al sur, cuando se vivió en esta zona, y ver el estado de destrucción o el estado de lugares que se conocieron, como comparativa de fotos de un antes y después, de edificios caídos que cerraban con sus escombros el tráfico como ocurrió en Calzada de Tlalpan, en el centro comercial Galerías Coapa yacía el cuerpo de un joven muerto por caída de ladrillos y cemento, sobre Miramontes varios edificios nuevos de departamentos habían sido desalojados. Entonces, ¿por qué todos los esfuerzos oficiales se concentraban en el Colegio Enrique Rébsamen?

Este miércoles, al fin, pude entrar a la zona de desastre del Rébsamen, donde unas horas antes estuvo Peña Nieto. Sentía que algún elemento de la Marina me jalaría y regresaría. Hay que pasar desapercibidos, incógnitos, pero había que levantar imagen; fotos y video. Ubicarse en centro de cualquier lugar es una buena estrategia inicial. Observar, ver, entender, encuadrar, enfocar, equivocarse para entender, deducir. Basta instalarse, como sea, en medio del lugar para ver con atención y sentir la atmósfera. Este día está nublado y todavía se respira muchísima energía de todos quienes están en el patio de lo que fue el Colegio Enrique Rébsamen, en donde están millones de miradas que parcialmente ven desde las cámaras de Televisa. Es un torbellino de personas con altos grados de adrenalina. Al frente, es decir, hacia donde está como una especie de tarima de teatro pero en realidad es un edificio colapsado de apenas tres pisos, con un estacionamiento abajo, apunta todo lo que gira en este lugar. Ahí está en fantasma de la niña Frida Sofía en un edificio pequeño comparado a otros, no se diga el Nuevo León del 85 o el de Tlalpan, ubicado como a cuatro kilómetros de aquí, o los de la Roma y Condesa.

Atrás, arriba de lo que fue la dirección del colegio, se encuentra este día la reportera de Televisa, Danielle Dithurbide Vega, quien se mece por la parte frontal de la azotea para realizar constantes transmisiones en vivo. Lleva ya varias horas, pero la adrenalina la conserva con mucha energía. Desde el centro de este desastre, a pesar del escándalo de sierras, martillos que golpean polines, gritos de peticiones de material para seguir con la búsqueda de los niños. Es impresionante la facilidad de palabra que tiene Danielle Dithurbide Vega. Llama mucho la atención su marcado acento español, apenas sale del aire, y su marcado “acento medio chilango” apenas entra a las ondas hertzianas.

No es tiempo para estar aquí en el patio del Rébsamen, a unos diez metros del pequeño edificio donde dicen que todavía hay estudiantes vivos. Aún te ven, aún es demasiado temprano. Te ven porque no estabas incluido en la coreografía que desde hace poco más de 24 horas se había instalado. No había más medios que Televisa y TV Azteca. Con esa idea me retiro y me uno al club de los rezagados de CNN, Telemundo, Univisión y Reuters en la zona periférica del colegio. Eran evidentes las cámaras fotográficas, pero aún así se conserva cierta inmunidad a estar ahí, a observar, siempre y cuando permanezcamos muchas horas parados, casi inmóviles. Dos elementos del Ejército me preguntaron qué hacía aquí: “estoy buscando a una doctora para darle esta pila para su celular, le urge y ya quedó de venir”.

Voy hacia la calle de Tamboreo. Desde esta calle se observa espléndido el edificio caído: tres pisos colapsados uno sobre otro. Unos cien soldados vigilan el lugar. Hay una malla humana verde con estafetas DNIII. Suben camillas vacías y bajan camillas vacías. Se pide la presencia de los familiares con altavoces. Hay una ambulancia encendida como señal de que en cualquier momento saldrá alguien de entre los escombros. Cuando creo que todos miran hacia las labores de rescate de algún punto del edificio saco el teléfono y empiezo a grabar. Unos, dos, tres, cuatro, cinco, seis… diez segundos. ¡Prohibido grabar, baje su teléfono! Se escucha un grito que atrae hacia mí las miradas. Sostengo la mirada, permanezco. Nadie me saca. Inhalo un poco más de aire. Volver a la invisibilidad.

Y así pocos minutos después vuelvo al club de los medios rezagados. Entran dos tubos de unos cinco seis metros de largo, pesadísimos, transportados en ristre por unas 50 personas, con sus dos brazos hacia arriba, semejantes a un enorme ciempiés. Mayor muestra de solidaridad no puede existir. Una cadena humana funciona desde hace rato sacando escombro en botes. Los agujeros siguen ensanchándose o profundizándose por la gran cantidad de escombro que se recoge. Y sí, es impresionante, cuando uno de los rescatistas que trabajan en el edificio derrumbado alzan una mano y todos callan. Vuelve un silencio de desierto. “Hay una niña y varios niños ahí adentro, vivos”, se escucha decir repetidamente.

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Cae la noche del miércoles, cae la lluvia, caen los píes cansados, el cuerpo. Los fotógrafos de Reuters y de Telemundo apuntan sus enormes lentes hacia la parte superior del edificio. Ya, en unos cinco o diez minutos saldrán los niños. Ya, en poco tiempo saldrán por ahí. Llueve profusamente. Sostienen respiración, parece que ya vienen. Todos atentos. Se alzan los puños. Silencio. Un profundo silencio para escuchar las gotas de lluvia que se mezclan con las lágrimas de emoción. Quién no quiere ver salir a un niño o niña de entre los escombros. El cuerpo se contiene. Nada. Absolutamente nada. Otra vez, regresan con el almirante Vergara para reunirse. Llueve.

Vuelvo a la calle de Tamboreo de donde se ve más cerca. Van y vienen soldados, marinos, rescatistas. Escaleras, suben, bajan. Y una mano me toma del antebrazo y me retira hacia la banqueta, hacia atrás. “Va a temblar, hay alerta sísmica, aquí no se escucha porque no hay luz eléctrica pero me habló mi esposa para avisarme”. Nos colocamos fuera de peligros. Tiembla. Todos, en pocos segundos, salen de los escombros y un elemento de la Marina pide calma. Los escombros se mueven. Llueve, llueve sobre mojado.

Jueves 21 de septiembre.
¿Fría o Frida? El cuento.

Esta noche y madrugada fueron larguísimas. Aurelio Nuño permaneció todo el tiempo despierto, el almirante José Luis Vergara, la gente de Televisa. CNN vino y se fue, Reuters se retiró con su camarógrafo cerca de la una de la tarde. Telemundo se fue. Univisión se fue. El Washington Post llegó junto con un pool de prensa proveniente de la Presidencia de la República. Otras televisoras extranjeras merodeaban y poseían ya el lugar. Televisa no se fue pero ya no estaba, ya no era la dueña del escenario. El productor Danielle Dithurbide Vega estaba demasiado inquieto. Iba y venía, siempre llegaba con las reporteras Dalila y Teresa, quienes también estaban como medios invisibles en esta zona, para preguntarles y corroborar información, para verificar si estaban en la frecuencia de lo que habían informado y les habían dicho, lo que los periodistas llaman “verificación de fuentes y declaraciones” para no regarla, pero la regadera televisiva ya había sido abierta. Dalila había permanecido incólume al petardo de Frida. El fantasma de Frida Sofía pululaba en medios. En la madrugada de este jueves un rescatista quería convencer que se había confundido Frida por fría. Que le había preguntado cómo se llamaba, pero que habían entendido mal, que la niña había dicho que “estaba fría” no que se llamaba Frida. La madrugada del jueves la zona sagrada presidencial de Peña Nieto entró en crisis.

¿Y los niños vivos?

Ya nadie se acordaba. El lugar empezó a ser un laberinto de dimes, diretes y rumores. Algo pasó desde anoche. ¿Habrá sido la réplica del sismo de la noche del miércoles que movió la estructura? Lo que sí, es que como a las cuatro y media de la mañana de este jueves uno de los trabajadores al agarrarse de un polín que sujetaba la placa superior provocó que se moviera toda la estructura y todos salieron despavoridos de los escombros. Pidieron a todos estar diez metros atrás del edificio. Todos se salieron y los rescatistas dijeron que los cinco agujeros habían provocado el debilitamiento del conglomerado de lozas y cemento, sostenidas por muchísimos polines. Unas horas después, un soldador llegaba con dos enormes viguetas de acero que fijaba al frente de la loza superior, para evitar que se desplomara. Colocaban más polines de acero en el edificio adyacente para evitar se viniera abajo. Todo se realizó en menos de dos horas, cuando el sol iluminaba otra vez el escenario y abandonábamos la oscuridad, había más polines, más refuerzos y los hombres de la Conagua entraban y se llevaban los cables de suministro de la luz eléctrica que habían alimentado las potentes lámparas con que se iluminaron en la noche.

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En la mañana y mediodía la atmósfera pesaba más que la loza superior. Decidieron meter la grúa, pero a diferencia de los otros días que se trabajaba con ahínco y celeridad, se hacían las labores lentas y sin ganas. Esos rostros, que por saber que en cualquier momento estarían esos niños vivos, se desvanecían. El fantasma de Frida, o “fría”, Sofía había muerto. Danielle Dithurbide Vega no había dormido desde el martes y lloraba, estallaba. Ojos de preocupación en el team dream de Televisa que necesitaba, urgente, también, polines para no derrumbarse. Llegaba Claudia Sheinbaum, la delegada de Tlalpan. Un hola y un adiós ocurrió entre ella y Aurelio Nuño, con José Luis Vergara, con los jefes que habían comandado las labores de rescate. Demasiado peso para ser verdad. Las autoridades no se hablaban allá arriba.

Los tiempos se hicieron más largos. En el patio habían llegado ya casi todos los medios. Se habían acomodado para esperar el momento estelar en que anunciarían que ahora sí faltaban cinco minutos para sacar a Frida Sofía y otros niños. No llegaba. Pidieron salieran rescatistas y voluntarios. De entre los escombros de las especulaciones salía el subsecretario de Marina, Ángel Enrique Sarmiento Beltrán, a echar una cubeta de agua fría: “estamos seguros de que no fue una realidad la existencia de la menor (Frida Sofía)”. Stop a la grabación, a la transmisión, los corazones se oprimían. Todo al garete.
Solo se quedarían los de la Marina y Sedena, y algunos seleccionados. Todo se redujo a una mitad de quienes estaban. La cadena humana sacaescombro ya no existía. La planta de luz de la CFE que alimentaba decenas de teléfonos de celulares comenzó a ser apagada por larguísimos ratos con el pretexto de los silencios de labores de rescate que ya no eran tal. El espectáculo cobraba un halo oscuro, tenebroso. ¿Y los niños vivos? Ya nadie de quienes estaban en los derrumbes se mostraba preocupado, tirando el corazón en la búsqueda. Cerca de las tres de la tarde una lámina voló desde lo alto, cayó estruéndosa, pegándole casi a un reportero extranjero. Todos asustados, desde arriba ordenaron, sin más, desalojar el lugar. Todos. Y todos salimos.

El espectáculo del Rébsamen había terminado.




Periodista, desarrollador de medios digitales en Ghost y usuario avanzado de GNU/Linux. Masca chicle.

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